lunes, 30 de noviembre de 2009

Ejercicio 4

… partir de entonces encontré un placer en visitar diferentes parques de la ciudad. El tener una bicicleta me facilitaba el trabajo y ampliaba mi rango de visitas. Normalmente andaba de un lugar a otro en el parque seleccionado; recorría sus caminos buscando un asiento disponible. No cualquier asiento, yo buscaba un asiento que fuera ocupado por una persona, la verdad no me importaba el sexo, simplemente buscaba alguna alma solitaria. Curiosamente, un gran porcentaje resultaban ser hombres de mediana edad.


Me sentaba junto a ellos y de buenas a primeras les comentaba los problemas que tenia, todo lo malo que me había ocurrido, las depresiones que tenia. Es increíble la amplia gama de reacciones que tiene la gente. Incluso podía clasificarlos:


1.- Desde las personas que ignoraban mi plática de algún modo, dígase leyendo el periódico o dirigiendo la

mirada hacia otro lado.

2.- Los que se interesaban y me escuchaban con claridad, me daban consejos o trataban de consolarme.


3.- Los que me insultaban; desde un gracioso: “esta loco” hasta insultos mas fuertes.


4.- O los que me escuchaban y no decían nada, pero era obvia su satisfacción, como diciendo: “Gracias a Dios

siempre hay alguien peor que yo”.


Independientemente de la reacción, me resultaba una gran ayuda soltar mis penas. Las sensaciones que llegaba sentir eran equivalentes a la de un sospechoso absuelto de todos los cargos que se le imputan. Sensaciones que se incrementaban al saber que contaba algo totalmente personal, algo que tal vez solo yo estaba destinado a saber y a vivir, pero todas esas personas eran ajenas a mi vida. Nunca más volvería a verlas. Nunca más sabría de ellas. No importaba si rebelaban o no mis secretos. De eso yo no me enteraría y por mi estaba bien.

Pero todo eso cambio el día que Ella me contesto:


-Creo que se como acabar con tu sufrimiento-...






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